domingo, 4 de mayo de 2014

travesía BTT/ Pedals del Cister

EL MONJE CICLISTA
¨Cuando te ilumines
sabrás que has estado
iluminado todo el tiempo
...
haz lo que quieras
come lo que hay
...´
     __Jean-Louis Kerouac

Presto a iniciar una nueva aventura, la Pedals del Cister, junto a mi gran amigo y compañero de fatigas Javier. Algo me dice que no va a ser una aventura cualquiera. Algo me dice que me siento diferente para afrontar este reto, que miro las cosas con ojos diferentes, que la sensación de pérdida, de encuentro, de búsqueda, se entrelazan a su antojo en mi mente, sin poder poner freno a tanto movimiento. Movimiento, eso si, en el que me hago fuerte, en el que pierdo el vértigo, donde me reencuentro conmigo mismo, pleno.
Allá vamos! Por las entrañas de los caminos de los monjes cistercienses, tierra adentro la Catalunya profunda, tierra espiritual donde la luz brilla de manera especial para los ojos que la quieren ver, para los ojos que buscan sin fin en este mundo infinito.
Anacoretas de la vida moderna, observadores de una regla todavía por escribir, aislados de la comunidad, apartados en lugares solitarios, entregados a la contemplación, a la meditación y la penitencia bicicletera, allá vamos...
Día uno. 
Las primeras pedaladas por caminos remarcados por muretes de piedra, muy romano, quizá pitiusos. Y pronto por sendas en el laberinto del río Gaia. Como en un cuento de hadas avanzamos engullidos en un bosque mixto mediterráneo, manchado de campos de vides y trigales. Crecemos poco a poco en un ambiente totalmente desconocido, haciéndonos con el terreno, poco a poco. Un terreno sorprendente, fascinante. Muy betetero. 
Hasta que llegamos al primer gran reclamo de la Pedals: el Monasterio de Santes Creus. Un sitio sin igual en medio del campo. Agua por todas partes. A lo largo de los siglos creció el asentamiento, ya desde los árabes... Mitad religioso, mitad militar..., y su impronta económica. Algo grande. Grande de verdad. Nos impacta y mucho. Ésta efectivamente no es una ruta cualquiera. Bajo el lema de la Orden del Cister, "piedra y paredes", se esconde una segunda lectura..., algo así como "ilumínate y siente". Muy llamativo e interesante el encuentro con la cultura monacal del medievo, acabamos la visita sabedores del gran tesoro que nos llevamos. 
Las horas centrales del día dando pedales con el sol en lo más alto. Siempre enfilados para arriba. Cada vez más altos. Dura ascensión al Coll de Comaverd, por caminos emboscados, senderos técnicos, y unas vistas espectaculares. Paramos a comer bajo la sombra de unos enormes pinos. El viento refresca el ambiente. Luego de la microsiesta seguimos subiendo. Sin prisa. Mas pueblos. Mas descubrimientos. Ganamos el Coll de Maldà, y el fuerte viento que nos hace temblar sobre la cuerda de la montaña. 
Entramos en la Conca de Barberà. Bellísimos paisajes. De una fuerza inexplicable. O explicable si hacemos caso a las explicaciones del dueño del bar donde cenamos en Forès. Según él, toda la comarca de la Conca de Barberà está sometida a un magnetismo especial que la hace diferente al resto. Una zona especial que, según nuestro anfitrión, hizo que los monjes cistercienses eligieran estos tierras para levantar sus monasterios, y que hoy en día la gente que la habita mantenga abiertos sus chacras con peculiar fuerza... Algo tan inaudito lo plantea como algo del común, indiscutible en sí. La charla se pone algo acalorada entre partidarios y detractores de tan inusual teoría, cuando entran en el bar dos andarinas,  una barcelonesa y una francesa que están haciendo a pie la Ruta del Cister, y también un cura, cuya baza a la teoría de las fuerzas magnéticas es que se trata de fuerzas...¡telúricas'!, y su séquito, formado por otro hombre y dos mujeres, que ni saben ni contestan.... Todos compartiremos la habitación con literas del refugio junto a la iglesia. ¡Qué gran distinción!
Día dos.
Cuesta arrancar por la mañana. Esperamos por el desayuno, por ver el interior de la curiosa (y magnética) iglesia del pueblo, despedidos de la barcelonesa y de la francesa..., ya dando pedales hacia Vallbona de les Monges, nuestro próximo destino. 
El paisaje fantástico, por pistas anchas en un entorno encantador, algún que otro pueblo, tan cuidados, tan medievales... Ya en el Monasterio de Santa Maria de Vall Bona esperamos para entrar, ya que solo se puede ver con visita guiada. Resulta muy educativa, pero acortamos y nos vamos antes de acabar... Ya acumulamos mucho retraso y son muchos los kilómetros que aún nos separan de nuestro próximo objetivo: el Monasterio de Poblet. Serán kilómetros de ir lanzados sobre las bicis, con subidas y bajadas cortas y muy divertidas, algunas trialeras, y, por último, llaneando por grandes extensiones de viñedos, cepas milenarias, en un paisaje sumamente fresco y fértil para entrar en Poblet. 
En los jardines del monasterio comemos algo y sesteamos un rato. Sin duda la gran joya del Cister, paseamos sus claustros y todo lo paseable. Perdemos la noción del tiempo, todo fluye lentamente, lejanamente... 
De nuevo a las bicis, toca subir la impresionante Serralada de Prades. El cuerpo destemplado, sin tregua la subida. Un betetero se une a nosotros y comenzamos una animada conversación sobre todo: el mundo de las bicis, la cultura, la política, la vida.... Es Andreu, un espectacular biker y mejor persona con el que hacemos muy buenas migas y que nos acompañará hasta el Coll de la Penya, punto más alto de la Pedals Del Cister.
El día cayendo, y nosotros por una vertiginosa trialera, casi vertical, para llegar a lo más hondo del valle donde se encuentra el encantador pueblecito de Farena. Sin tiempo para perdernos por sus empedradas calles. Aún nos falta otra tremenda subida, mitad por asfalto y mitad empantanados en sendas imposibles junto a riachuelos, noche cerrada, exhaustos...., cuando por fin llegamos a nuestro destino: el pueblo de Mont-ral en lo alto de la montaña y su refugio. La sensación de "estamos salvados!!". Cervezas, cena, ducha!! Qué placer!!! Hemos salvado la etapa reina por la campana. Aquí estamos!
Día tres.
He dormido muy profundo. El cansancio acumulado no hace mella en mí. Las ganas por coger la bici y seguir, intactas. Aún así espero a que tanto Javi como los otros tres inquilinos levanten. Las vistas desde el refugio de la comarca del Tarragonés, con los barcos anclados en el puerto (imagino a los fenicios y tantos otros), impresionantes. Poco a poco el desayuno y los preparativos. Antes de ponernos en marcha subimos a la iglesia, donde disfrutamos de las vistas: Cataluña con mayúsculas.  
Bajamos y bajamos. Mucho. Bien distraído. El paisaje cambia. Se nota la cercanía del mar. En lo mas bajo, en el pueblo de La Riba, almorzamos en el bar de la plaza. Tan tranquilo. Ahora toca subir. Las sierras de Miramar y Jordà. Vamos lanzados. Cuando ganamos el último alto sentimos que esto se acaba. La plana bajo nosotros. Allá vamos. Al principio por cuesta rota y mucha pendiente hasta ganar el primer pueblo. Luego volamos siempre en ligera pendiente y la "marinada", el viento típico de la región, siempre a la cola o de costado. Campos y más campos de vides, alguna zona industrial, y también algunos tramos técnicos puntuales. De últimas entramos en la Senda Verda del Riu Gaià, otra zona de la misma senda por la que salimos el primer día, toda una delicia. Así será hasta el último pueblo antes de La Riera del Gaià, fin de ruta. Y es que en El Catllar la senda va justo por el lecho del río, y éste baja muy crecido. Imposible vadearlo, haremos los tres últimos kilómetros por asfalto. 
Tomamos una cerveza en el bar que conocimos el primer día. La tarde se alarga disfrutando del ambiente de pueblo, tan relajado. Hemos salvado con nota un recorrido 100% betetero. Por unas tierras que hemos sabido hacer nuestras. Tan entrañables sus gentes. Tan magníficos sus paisajes. Y los monjes..., qué grandes! Cómo supieron elegir sus emplazamientos, y mantenerlos siglos y siglos después..., retirados del mundo, la búsqueda constante.
Publicar un comentario